21 enero 2010

BALLET NACIONAL DE CUBA



Cada vez que el ballet Cascanueces sube a las tablas de la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana por esta época, reconocemos que la última partitura de Chaikovski desborda de alegría, regala ganas de vivir, y por supuesto contagia, tanto al público como a los bailarines. No caben dudas, es una música realizada para soñar y bailar, con una característica muy particular: además de los conocidos valores como música de concierto, es idónea para el baile. De la obra comentó Balanchine en el libro de Simon Volkov, Balanchines Chaikovski: "El Cascanueces es la obra maestra de Chaikovski. De antemano él mismo había dicho que compondría música que haría llorar a todo el mundo".

La coreografía de Alicia Alonso sobre el original de Ivanov con libreto de Petipá, basado en una versión libre de Alejandro Dumas (padre) del relato de Hoffman El Cascanueces y el rey de los ratones, infunde sabiduría técnica, matices estilísticos y humor, amén que —como nos tiene acostumbrados en estos clásicos— ella absorbe lo esencial, "limpiándola" y haciéndola más cercana. La más reciente temporada del clásico que pasó el fin de semana trajo, como nota de colorido, que junto a los bailarines del Ballet Nacional de Cuba (BNC) subieron a escena niños del Ballet Juvenil de Hamilton (Canadá), de la Escuela Elemental de Ballet Alejo Carpentier y del Taller Vocacional de la Cátedra de Danza del BNC. A los que se unieron los niños cantores del Teatro Lírico Nacional.

Muy juvenil, pues, esta temporada de Cascanueces, donde muchos papeles son interpretados por noveles rostros del BNC que poco a poco van ocupando posiciones clave, no como relevo, sino como continuidad de una Escuela.

A su lado están, otros jóvenes también, con mucha experiencia acumulada. Esa que brota de bailarines como Viengsay Valdés y Eliécer Bourzac, quienes interpretaron, el viernes, la Reina y el Príncipe de las nieves. Un instante pleno de lirismo donde cada uno mostró su técnica. Ella con esa capacidad de matizar el virtuosismo con puro arte, y él con instantes de bravura, siempre atento a su compañera. Así como el binomio de Anette Delgado y Javier Torres, transformados en el Hada Garapiñada y Su Caballero, respectivamente. Anette vistió el personaje con esa seguridad que la caracteriza, porque es una artista que desde muy pronto en su carrera alcanzó una amplia madurez y hoy disfruta con el dominio de la técnica. Mientras que Javier Torres, con un baile preciso, y proyectándose noblemente en todo momento, puso en juego sus habilidades técnicas e interpretativas, para realzar el rol.

Vale destacar en esta jornada, donde hay que hacer mención al comportamiento de parte del público, joven sobre todo, que aplaude a cada instante y que parece desconocer que el ballet es un lenguaje, con sus frases y palabras, y que interrumpiendo, inoportunamente, corta el fluir del diálogo danzario, a la Clara (Gretel Morejón) que aportó frescura y excelente nivel danzario, algo similar a lo realizado por Dani Hernández en un feliz Cascanueces. Se sumaron al buen quehacer la casi perfecta Muñeca de Yanela Piñera, que robó fuertes aplausos, El Moro (José Lozada) y Petruchka, interpretado por Yanier Gómez, así como el trío de ágiles bailarines (Maikel Hernández, Yonah Acosta y Alejandro Silva) integrantes de la danza rusa. El Drosselmeyer, que ha tenido una descendencia en la versión del BNC en el tiempo, encontró en Leandro Pérez un bailarín que se acomoda en el papel, aunque llamó la atención que el bailarín principal Dayron Vera, con excelentes cualidades histriónicas, por no decir danzarias, no lo asumiera en esta temporada. Momento de singular belleza aporta la escena de la danza árabe al Cascanueces, que en esa primera jornada, del lado musical encontró una Orquesta desbalanceada, y con desajustes en algunos momentos.

Fuente: Granma
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